En la Ciudad Condal, los tugurios oscuros de escaleras traicioneras y barras plagadas de ciervos tienen su parte opuesta en las estrechas calles del barrio del Raval, en los vermuts de la Barceloneta o en los atardeceres de Montjuic.  En Barcelona también brilla el sol durante los fines de semana y no sólo a la hora de volver a casa y entrar por la puerta (grande) con los tacones pidiendo una restauración.  Los objetos de segunda mano, el arte, la música electrónica y las tertulias improvisadas han encontrado el espacio idóneo donde poder convivir: la calle. De lunes a jueves urbe de vida rutinaria; de viernes a domingo escaparate de lo que realmente ocurre en la ciudad.

Si hasta hace escasos fines de semana, Piknic Electronik convertía los jardines de Joan Brossa en discoteca con una apuesta por la electrónica más candente y Montjuïc pasaba a ser una enorme sala de cine al aire libre, ahora que terminó el verano es el turno de los barrios. Perderse en las estrechas calles del Raval puede desembocar en un encontronazo con mercados como El Rastro de La Virgen -ubicado en una calle un tanto escondida: Carrer de la Verge- donde además de rebuscar entre su ropa y complementos vintage, también se puede comer, escuchar música electrónica en directo, pasar por la peluquería o darse por el esoterismo. Este tipo de planes diurnos son frecuentes en Barcelona. El Rastro de la Virgen tiene lugar cada primer sábado del mes hasta diciembre, pero son muchos los mercados de calle que se celebran los fines de semana de manera esporádica integrando diferentes propuestas que van más allá de la ropa, los libros o las joyas de segunda mano. Barcelona cuenta con algunas citas fijas -ya veteranas- como Els Encants, el mercadillo de Sant Antoni o el mercado gastronómico de la Barceloneta Terra Endins, y también con nuevas incorporaciones como Fleadonia, mercadillo cuya segunda edición tendrá lugar el próximo 28 de octubre y que pretende convertirse en cita obligada un domingo al mes con una programación de conciertos y dj’s. Además de la música, la ropa o el cine, el arte también consigue cambiar los usos del espacio público gracias a iniciativas como las de la Galería Magdalena en Barcelona (que ha convertido algunos solares de la ciudad en auténticos museos urbanos).

Durante los últimos años las calles de ciudades como Berlín, Madrid o Barcelona han visto alteradas su uso principal para ser convertidas en tiendas, galerías de arte, salas de cine y discotecas al aire libre. La pintura, la música o la moda han decidido ocupar la calle y cambiarle su imagen de manera esporádica. Y ahí es cuando las ventanas se convierten en percheros, el césped se transforma en butacas de cine y las aceras pasan a ser el mejor asiento del restaurante de moda.